Una cámara de fototrampeo necesita que el animal pase por delante. Un micrófono no: basta con que cante, chille o ecolocalice en varios cientos de metros a la redonda. Esa diferencia explica por qué la bioacústica se ha convertido en una de las herramientas centrales del seguimiento de biodiversidad.
Cómo funciona
El método consiste en dejar grabadoras autónomas en el campo durante días o semanas, registrando de forma continua. Los equipos capturan tanto sonido audible como ultrasonidos, lo que permite detectar murciélagos, invisibles para casi cualquier otro método no invasivo.
El volumen de audio resultante se analiza después con programas de inteligencia artificial —BirdNET es el más conocido— capaces de identificar especies a partir de sus vocalizaciones con notable precisión.
Qué aporta frente a otros métodos
- Es no invasivo: no hay captura, ni manipulación, ni presencia humana durante el muestreo.
- Funciona de noche y bajo vegetación densa, donde la observación visual y las cámaras rinden mal.
- Cubre periodos largos, lo que reduce el sesgo de las visitas puntuales.
- Se combina bien con fototrampeo y sensores de movimiento para evaluar poblaciones silvestres desde varios ángulos.
Dónde falla
El ruido de fondo —viento, agua, carreteras— degrada las detecciones, y los cantos solapados de varias especies a la vez siguen siendo difíciles. Los modelos, además, funcionan mejor con las especies y los dialectos con los que fueron entrenados, así que la validación local no es opcional. Detectar una especie confirma que está; no detectarla no confirma que falte.
